Afírmese la corona don Juan Carlos. Durante más de 500 años nos han callado sólo al cortarnos las gargantas, mutilándonos o enterrándonos en picas. O como el rey lo llama: civilizándonos.
Hoy, en cambio, por paradójico que parezca, un indígena es presidente de una república. ¿Cuándo se produjo esa mezcla tan impensada? Desde que el primer español violó a la primera indígena, probablemente. Desde ese momento en adelante, Latinoamérica se convirtió en una enorme extensión de tierra fértil habitada por una masa de hombres y mujeres pobres haciéndola trabajar, una masa compuesta de mestizos e indígenas y gobernada por una minoría europea que nunca supo cortar el cordón umbilical. Y que siempre miró con añoranza esa tierra de emperadores, guerras y música electrónica.
Hijos bastardos (a su manera) del viejo mundo, sus cuerpos estaban condenados a vivir en este lugar mundano y salvaje mientras sus mentes fijaban su atención al otro lado del atlántico. Como Adán y Eva expulsados del paraíso, avergonzándose de sus cuerpos, de sus instintos y deseos. Y aunque nunca los aceptarían allá donde apuntaban sus ojos, gobernaron estas tierras Lationamericanas buscando satisfacer a los verdaderos europeos, buscando su aceptación, aunque tuvieran que saborear cada suela de zapato que pusieran sobre sus lenguas.
Entretanto, la tierra fue trabajada y produjo enormes riquezas. Luego llegó la modernidad, a medias y en partes, y las oficinas recibían masas de trabajadores, choferes eran ubicados en los buses, taxis y trenes urbanos, obreros trepaban andamios y esparcían el cemento por las florecientes ciudades, técnicos instalaban antenas de televisión y arreglaban lavadoras, escuelas se erigían y llenaban de futuros pateadores de piedras. Por las calles se desparramaban automóviles y vendedores ambulantes. Ninguno de ellos, sin embargo, miraba más lejos que a sus amigos y sus familias. Ninguno se preocupaba de caerle bien a rubios ilustrados, ladrones y asesinos. Pero al mismo tiempo, todo lo que ellos hacían, todo lo que ellos producían acababa en los bolsillos de esos rubios, y de sus hijos. Esta masa de mestizos demasiado poco rencorosos pagaba sus autos, sus casas, las universidades de sus hijos, financiaba sus gobiernos, abastecía sus mercados y proveía de recursos a sus empresas.
Este es el contexto.
Hoy, decíamos, un indígena es presidente de la ‘república’ de Bolivia. Un mestizo es presidente de la ‘república’ de Venezuela. La república bolivariana de Venezuela. Hoy se alían Bolívar y Lautaro. Se sientan a conversar, se dan la mano y saltan a pelear como un solo acorde, como una sola melodía que ya no busca definirse por oposición, sino que estalla como identidad y orgullo, sonido de dignidad y amor por lo cotidiano, un licor de sentido común, de risa fuerte, de bailes sensuales y franqueza chocante.
Hoy, la Latinoamérica anónima le toca el hombro a sus intermediarios y les dice, okey, suficiente por hoy, ahora es nuestro turno. La mayoría desconocida se sacude la modorra y se apropia de nombres hasta ahora ajenos: república, nación, libertad, derechos humanos, justicia, presidente. Se los apropia y los moldea, los adapta, los entiende de manera que les haga sentido, con las palabras que ellos usan y no con las de la Real Academia.
Hoy, un rey ya no le habla a los condescendientes intermediarios sino a nosotros mismos, directamente, y nos dice que nos callemos. Pero nosotros no somos como nuestros intermediarios. Nosotros le respondemos que nos guardamos el derecho de responder cualquier falta de respeto en cualquier contexto, en cualquier lugar, y del modo que consideremos más apropiado. Y que si no le gusta, que se pare y se vaya. Y se fué. Que un rey no nos venga a hablar de democracia, por favor.
Este es el contexto.
Eso es lo que se cruza en el inconciente, eso es lo que le da el sentido y el impulso a un grupo para llamarse Los Sudacas y reirse en el proceso.
Mucho gusto.